El Centro Comercial había quedado en penumbra y el silencio lo iluminaban fugazmente resplandores de relámpagos de una noche fría y lluviosa. Ángel esperaba en acechanza. El guardia de seguridad ya le conocía y le permitió que se sentara en una silla de la cafetería oscura y solitaria. Vigilaba la salida de su novia, Virginia, quien esa noche no le había citado. El albañil barruntaba que la única mujer que había amado le era infiel. Casi un año de excusas para evitar que la recogiera, retrasos en las citas y reiterados fines de semana de cursillos de formación.
Acariciaba con parsimonia diabólica el revólver que llevaba en el bolsillo de su abrigo. Siempre había sospechado del jefe de su novia. Héctor, Héctor, Héctor… Estaba harto de escucharla pronunciar aquel nombre, ese chico de Madrid, que llegó doce meses antes y tenía locas a todas las empleadas de la segunda planta. Más de una vez sorprendió a amigas susurrando las cualidades de aquel hombre. A él le parecía ‘blandito’. Sí, un ‘metrosexual’ de esos aún indefinido.
Pero el apunte de un amigo, que sorprendió a Virginia con el jefe en el aparcamiento un día antes, le empujó a actuar. Los celos le devoraban y estaba dispuesto a acabar con todo. Los dedos en las muescas de la ruleta del revólver rozaban con insistencia el artilugio; a veces, apretaba con fuerza el arma. Había llegado a la tienda donde trabajaban. Escuchó inconfundibles jadeos de disfrute carnal. Lo comprobó al subirse en un banco del probador de al lado… Apretó dos, tres, seis veces el gatillo. Ya iba corriendo cerca del aparcamiento y las lágrimas encharcaban más el suelo que la propia lluvia que caía. La pistola, engurruñida, padecía los impulsos de la mano de Ángel. Antes de subir al coche la tiró y voló con el viento: aquella arma antiestrés, de color morado chillón, se la había regalado Virginia, a quien no volvió a ver. Rompió con todo y sólo sangró su alma.
sábado, 20 de junio de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
La sonrisa de Eva
Eva es médico cooperante en Eritrea. Le cautivó la alegría infinita de unos negritos de ojos gigantes y vivaces; sus risas y carantoñas desprendidas. Es curandera por falta de medios; le embadurna la miseria, pero se siente conforme. Lee una carta de la ‘civilización’: escriben de paro, inquietud, crisis… Mira de soslayo cómo una docena de críos corretean; felices, descalzos y sudorosos dan patadas a una pelota de trapo. Acaban de comer un cuenco de arroz y no les queda más… Eva tira la carta y dibuja una irónica sonrisa al cielo.
...Y la mueve la cabeza varias veces hacia los lados, pausada y repetidamente. A ella la crisis no le afectará. Ni a los chiquillos.
...Y la mueve la cabeza varias veces hacia los lados, pausada y repetidamente. A ella la crisis no le afectará. Ni a los chiquillos.
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microrrelato (real con nombres ficticios),
sociedad
lunes, 15 de junio de 2009
Muletazo de un ignorante
Escrutar a José Tomás requiere de mucho tiempo. A esa faena no se le puede aplicar el aliño de la mediocridad ni la prisa del fatuo. Son precisas la observación, la naturalidad y la paciencia. Nuestro cerebro, intoxicado por la sociedad en la que vivimos, no tiene capacidad para desentrañar la figura del torero y del hombre de inmediato. Debe sentarse y maquinar con lentitud. Al menos, el mío.
En marzo de 2003 tuve la oportunidad de escribir un amplio reportaje con las impresiones del entonces retirado torero. Posiblemente, es el trabajo periodístico del que más satisfecho estoy. ¿Por qué me permitió que llevara a cabo mi osadía? ¿Qué le inclinó a entregarse con franqueza a una charla a la que asistían sus compañeros del equipo de fútbol-sala del Bar Macarena, de Estepona?
Al principio pensé que tuve mucha suerte, pero después de aproximarme a su forma de ser, más por sus/nuestros amigos, y transcurridos unos años, llegué a la conclusión de que 'me lo gané' -sin pretenderlo- cuando bajé al parqué del pabellón La Lobilla, le felicité por el triunfo y le pedí que posara junto a sus compañeros de equipo bajo el larguero de una portería. Sí, sí, estoy seguro de que ese detalle fue el que le transmitió confianza para que nos tomáramos juntos unas cervezas, acumulara en mi cabeza todo lo que dijo y saliera de la reunión como el del chiste del náufrago con la modelo, que un día le pidió a ésta que se colocara apósitos en forma de barba y bigote para tener a alguien a quien contarle lo bien que se lo estaba pasando con la chica.
José Tomás exige en la calle el mismo trato que se merecen quienes van con él, ya sea Sabina, el gruísta Manolo, el masajista Garri o el camarero David. Gracias a él, presumo de buenos amigos con quienes sé que puedo ir a cualquier sitio.
En ese ejercicio de observación, que mantengo desde 1999, aprecio dos cualidades extraordinarias en el torero de Galapagar: una cabeza portentosa que le permite enjaular el miedo, no moverse un ápice cuando el toro duda y le señala la ingle con un cuerno, y una honradez extraordinaria, insuperable y propia para comprarle un coche de segunda mano, o lo que sea. Ninguna de estas cualidades son comunes en la sociedad actual, donde los pitones de la ambición corrompen al individuo: le atemorizan y le confunden. Tal vez por no encontrarle explicación a esas dos virtudes, algunos son tan osados que ejercen de psiquiatras para emitir un diagnóstico sobre, posiblemente, el mejor torero de la historia.
No tomen en cuenta mis comentarios 'semitaurinos': no entiendo, me aburre la fiesta nacional y sólo soy seguidor de José Tomás. Le descubrí con un escalofrío y lo tendré siempre acogido con una admiración inquebrantable.
• Artículo recogido en el libro 'José Tomás, torero de silencio' (Editorial Sombras Chinescas), de Matías Antolín
En marzo de 2003 tuve la oportunidad de escribir un amplio reportaje con las impresiones del entonces retirado torero. Posiblemente, es el trabajo periodístico del que más satisfecho estoy. ¿Por qué me permitió que llevara a cabo mi osadía? ¿Qué le inclinó a entregarse con franqueza a una charla a la que asistían sus compañeros del equipo de fútbol-sala del Bar Macarena, de Estepona?
Al principio pensé que tuve mucha suerte, pero después de aproximarme a su forma de ser, más por sus/nuestros amigos, y transcurridos unos años, llegué a la conclusión de que 'me lo gané' -sin pretenderlo- cuando bajé al parqué del pabellón La Lobilla, le felicité por el triunfo y le pedí que posara junto a sus compañeros de equipo bajo el larguero de una portería. Sí, sí, estoy seguro de que ese detalle fue el que le transmitió confianza para que nos tomáramos juntos unas cervezas, acumulara en mi cabeza todo lo que dijo y saliera de la reunión como el del chiste del náufrago con la modelo, que un día le pidió a ésta que se colocara apósitos en forma de barba y bigote para tener a alguien a quien contarle lo bien que se lo estaba pasando con la chica.
José Tomás exige en la calle el mismo trato que se merecen quienes van con él, ya sea Sabina, el gruísta Manolo, el masajista Garri o el camarero David. Gracias a él, presumo de buenos amigos con quienes sé que puedo ir a cualquier sitio.
En ese ejercicio de observación, que mantengo desde 1999, aprecio dos cualidades extraordinarias en el torero de Galapagar: una cabeza portentosa que le permite enjaular el miedo, no moverse un ápice cuando el toro duda y le señala la ingle con un cuerno, y una honradez extraordinaria, insuperable y propia para comprarle un coche de segunda mano, o lo que sea. Ninguna de estas cualidades son comunes en la sociedad actual, donde los pitones de la ambición corrompen al individuo: le atemorizan y le confunden. Tal vez por no encontrarle explicación a esas dos virtudes, algunos son tan osados que ejercen de psiquiatras para emitir un diagnóstico sobre, posiblemente, el mejor torero de la historia.
No tomen en cuenta mis comentarios 'semitaurinos': no entiendo, me aburre la fiesta nacional y sólo soy seguidor de José Tomás. Le descubrí con un escalofrío y lo tendré siempre acogido con una admiración inquebrantable.
• Artículo recogido en el libro 'José Tomás, torero de silencio' (Editorial Sombras Chinescas), de Matías Antolín
sábado, 13 de junio de 2009
El abrazo del silencio
Málaga, 14 de febrero de 2008
Querida Sofía:
Por primera vez tomo una iniciativa en nuestra relación e introduzco el ‘emilio’ como nuevo soporte de comunicación. Necesito escribir algo más que frases cortas. Cuando hace tres semanas me traspuse en el sofá de casa con el móvil sobre el estómago, no podía imaginarme lo que iba a cambiar mi vida la siguiente vibración del aparato telefónico. Soñaba que estaba en el cine, muy atento a una película subtitulada, y disfrutaba con la misma, si bien no recuerdo más detalles. El ligero y continuo roce del celular me interrumpió el ejercicio de imaginación en letargo. De inmediato, miré a la pantalla: “K tal la peli?”. No estaba tu número en mi agenda, ni me resultaba familiar. Sin embargo, respondí: “Kien eres?”. Entonces, se hizo un silencio en medio del silencio. Me incorporé y aguardé a que surgieran de nuevo letras en aquella minipantalla. Insistí en no perderla de vista; pasaron casi cinco minutos: fueron eternos.
“Perdón, me he equivocado”. Rápidamente, reaccioné: “No, no… ¡yo estaba viendo una película!”, y reivindiqué mi derecho a ese diálogo con mi dedo pulgar más rápido y ágil que nunca. Contestaste, bromeamos tres o cuatro mensajes más y me citaste a la medianoche, en el ‘messenger’.
En realidad querías hablar con tu hermana, pero erraste cuando enviaste el SMS (‘Será Mi Sueño’, interpretación libre que hago ahora). Ella acababa de conseguir su nuevo número y aún no lo habías incluido en la agenda.
Todavía no sabía con quién iba a ponerme en contacto a través del ordenador: ni siquiera tenía idea si eras una mujer. Pero un nudo en el estómago que se me ató cuando se produjo la primera vibración del móvil ejercía de premonición y justificaba una ilusión posterior inusitada.
Nos dieron las cuatro de la mañana. En ningún momento tuve sueño. Tus ingeniosas respuestas, tu juego haciéndote pasar por un joven de mi misma edad, el dominio que ejercías de las palabras… El hecho de que ya escribieras sin ‘k’’… Todo me cautivó.
Me llamó la atención durante nuestros continuos contactos informáticos que jamás propusieras que habláramos por el móvil. Yo, la verdad, tampoco lo deseaba: lo temía. El lenguaje escrito nos resultaba muy cómodo. Hasta que planteaste el intercambio de fotos no me enteré de que eras una mujer. Yo fui sincero desde el primer momento. Tú preferiste esa mentira sin maldad con la intención de intrincar el juego íntimo del desconocimiento. Pero desvelabas grandes virtudes. En más de un momento me pregunté si era posible que yo me enamorara de un chico. Me tenías prendado y llegué a dejar en segunda opción la condición sexual de quien me conmovía con sus ingeniosas conversaciones.
Cuando ya parecía que nos conocíamos de toda la vida, llegó la noche de ayer, miércoles. Ya tenía puesto de fondo de pantalla tu rostro: esa sonrisa natural que parecía perfectamente aliada con los rasgos suaves de tu cara blanca; el verde de tus ojos y tu cabello rubio me acompañaban en cada segundo. Cuando me propusiste vernos hoy, en una discoteca muy conocida del pueblo, me entró miedo. Un terrible escalofrío recorrió mi cuerpo. Sí, creo que me conocías, pero no soportaba que cuando me vieras y comprobaras mi merma me rechazaras. Por eso, nunca se me ocurrió a mí dar el paso.
Después de ingenuas excusas, acepté. Hasta que llegó la hora de la cita te juro que lo he pasado fatal. Me atormentaba que a partir de ese momento todo cambiara radicalmente, que no aceptaras mi defecto, que me refutaras de inmediato. Yo llevaba el jersey rojo que convinimos que me pusiera, y tú también. Además, sin saber la razón, me citaste dentro de la discoteca, en medio de un supuesto estruendo de música ‘hip-hop’, según observé por los movimientos de los mayoritarios danzarines.
Me temblaban las piernas bajando la escalera del recinto. El local estaba abarrotado, pero en un reflejo de las luces zigzagueantes vi un jersey rojo y tu cara, la misma que tenía en mi ordenador y que no dejaba de mirarme desde hacía dos semanas. Me acerqué con cautela. Cuando me viste, observé cómo te ruborizabas. Si hablabas, no te iba a escuchar; era imposible, aunque podía leerte los labios con precisión. Pero no pronunciaste una sola palabra. Ni yo. Simplemente, me señalaste y balanceaste la cabeza como afirmando que era yo. Moví la mía afirmativamente. Nos abrazamos y seguimos conociéndonos de cerca sin que el ruido exterior nos importara a ninguno. Sólo necesitábamos algo de espacio y luz para que nuestras manos y brazos pudieran ejercer el diálogo del amor en silencio… Sin que el bullicio del mundo nos estorbara, sin que nadie se enterara de nuestra aventura.
Las palabras escritas y por signos nos unieron, Sofía. Prometo amarte toda mi vida en silencio. No sé hacerlo de otra forma.
Un beso,
Querida Sofía:
Por primera vez tomo una iniciativa en nuestra relación e introduzco el ‘emilio’ como nuevo soporte de comunicación. Necesito escribir algo más que frases cortas. Cuando hace tres semanas me traspuse en el sofá de casa con el móvil sobre el estómago, no podía imaginarme lo que iba a cambiar mi vida la siguiente vibración del aparato telefónico. Soñaba que estaba en el cine, muy atento a una película subtitulada, y disfrutaba con la misma, si bien no recuerdo más detalles. El ligero y continuo roce del celular me interrumpió el ejercicio de imaginación en letargo. De inmediato, miré a la pantalla: “K tal la peli?”. No estaba tu número en mi agenda, ni me resultaba familiar. Sin embargo, respondí: “Kien eres?”. Entonces, se hizo un silencio en medio del silencio. Me incorporé y aguardé a que surgieran de nuevo letras en aquella minipantalla. Insistí en no perderla de vista; pasaron casi cinco minutos: fueron eternos.
“Perdón, me he equivocado”. Rápidamente, reaccioné: “No, no… ¡yo estaba viendo una película!”, y reivindiqué mi derecho a ese diálogo con mi dedo pulgar más rápido y ágil que nunca. Contestaste, bromeamos tres o cuatro mensajes más y me citaste a la medianoche, en el ‘messenger’.
En realidad querías hablar con tu hermana, pero erraste cuando enviaste el SMS (‘Será Mi Sueño’, interpretación libre que hago ahora). Ella acababa de conseguir su nuevo número y aún no lo habías incluido en la agenda.
Todavía no sabía con quién iba a ponerme en contacto a través del ordenador: ni siquiera tenía idea si eras una mujer. Pero un nudo en el estómago que se me ató cuando se produjo la primera vibración del móvil ejercía de premonición y justificaba una ilusión posterior inusitada.
Nos dieron las cuatro de la mañana. En ningún momento tuve sueño. Tus ingeniosas respuestas, tu juego haciéndote pasar por un joven de mi misma edad, el dominio que ejercías de las palabras… El hecho de que ya escribieras sin ‘k’’… Todo me cautivó.
Me llamó la atención durante nuestros continuos contactos informáticos que jamás propusieras que habláramos por el móvil. Yo, la verdad, tampoco lo deseaba: lo temía. El lenguaje escrito nos resultaba muy cómodo. Hasta que planteaste el intercambio de fotos no me enteré de que eras una mujer. Yo fui sincero desde el primer momento. Tú preferiste esa mentira sin maldad con la intención de intrincar el juego íntimo del desconocimiento. Pero desvelabas grandes virtudes. En más de un momento me pregunté si era posible que yo me enamorara de un chico. Me tenías prendado y llegué a dejar en segunda opción la condición sexual de quien me conmovía con sus ingeniosas conversaciones.
Cuando ya parecía que nos conocíamos de toda la vida, llegó la noche de ayer, miércoles. Ya tenía puesto de fondo de pantalla tu rostro: esa sonrisa natural que parecía perfectamente aliada con los rasgos suaves de tu cara blanca; el verde de tus ojos y tu cabello rubio me acompañaban en cada segundo. Cuando me propusiste vernos hoy, en una discoteca muy conocida del pueblo, me entró miedo. Un terrible escalofrío recorrió mi cuerpo. Sí, creo que me conocías, pero no soportaba que cuando me vieras y comprobaras mi merma me rechazaras. Por eso, nunca se me ocurrió a mí dar el paso.
Después de ingenuas excusas, acepté. Hasta que llegó la hora de la cita te juro que lo he pasado fatal. Me atormentaba que a partir de ese momento todo cambiara radicalmente, que no aceptaras mi defecto, que me refutaras de inmediato. Yo llevaba el jersey rojo que convinimos que me pusiera, y tú también. Además, sin saber la razón, me citaste dentro de la discoteca, en medio de un supuesto estruendo de música ‘hip-hop’, según observé por los movimientos de los mayoritarios danzarines.
Me temblaban las piernas bajando la escalera del recinto. El local estaba abarrotado, pero en un reflejo de las luces zigzagueantes vi un jersey rojo y tu cara, la misma que tenía en mi ordenador y que no dejaba de mirarme desde hacía dos semanas. Me acerqué con cautela. Cuando me viste, observé cómo te ruborizabas. Si hablabas, no te iba a escuchar; era imposible, aunque podía leerte los labios con precisión. Pero no pronunciaste una sola palabra. Ni yo. Simplemente, me señalaste y balanceaste la cabeza como afirmando que era yo. Moví la mía afirmativamente. Nos abrazamos y seguimos conociéndonos de cerca sin que el ruido exterior nos importara a ninguno. Sólo necesitábamos algo de espacio y luz para que nuestras manos y brazos pudieran ejercer el diálogo del amor en silencio… Sin que el bullicio del mundo nos estorbara, sin que nadie se enterara de nuestra aventura.
Las palabras escritas y por signos nos unieron, Sofía. Prometo amarte toda mi vida en silencio. No sé hacerlo de otra forma.
Un beso,
viernes, 12 de junio de 2009
Facebook, amigos por la cara
La palabra amigo se emplea con sutileza en la Red. Es como un cebo para que las denominadas comunidades sociales crezcan a ritmo de millones de usuarios. Ninguno de los que se dejan enganchar entienden esa palabra ad pedem literae (al pie de la letra). Porque a poco que peinen alguna cana saben que deben transcurrir muchos años para observar múltiples comportamientos hasta que uno se pueda convencer: "Este tío es mi amigo". Y aun así, quedará tiempo para que el susodicho galardonado te decepcione. Es lo más probable.
En la Red todo es virtual. Y en el escenario del teatro de Facebook figuro con la nada despreciable cifra de 348 amigos. Me incorporé hace unos meses intentando, a ratitos, enterarme de las verdaderas posibilidades de esa comunicación social. Rápidamente descubrí que podía alertar a mis 'amigos por la cara' de que pincharan en no se qué enlace porque se iban a encontrar el comentario mejor escrito del mundo o la información más llamativa de la historia. Te lo permiten unas cuantas veces, pero pronto, a poco que uno sea perspicaz, se da cuenta de que molesta. De mi grupo Basketconfidencial (por ciento, está abierto para que se apunte el que quiera) se borró uno detrás de un comunicado. Eso me alertó. La gente, en su burbuja apantallada, quiere que le dejen tranquilos. Hasta un mensaje que se elimina pinchando en un aspa disturba.
Más curioso me resultó comprobar cómo una de mis 'amigas' (las comillas son para no repetir lo del 'face') informaba de su vida cada media hora. "Ahora entro en una reunión". "Salgo de una reunión y me voy a otra"... "En casa, para comer y marcharme enseguida", "Un ratito disfrutando de tranquilidad...". Estábamos al minuto de sus acciones, aunque supongo que se reservaba las más íntimas. El caso es que llevaba tiempo intentando localizarla y, algo desesperado, le envié el siguiente SMS (quienes me conocen saben que no soy muy oportuno con este método, pero no escarmiento): "Sé a qué hora te reúnes, cuándo comes, en qué momento arreglas la casa... ¿pero cómo coño puedo hablar contigo". Corría el riesgo de que la amiga -ahora sin comillas, para que no se enfade si lee estas líneas- se lo tomara a mal. Pero me respondió con simpatía y me aseguró que me llamaba en un rato... No lo hizo. Es una mujer muy ocupada, y yo lo entiendo. Seguiré observando su nada emocionante cotidianeidad.
"Quien escribe como habla, aunque hable bien escribe mal". Viene esta máxima a indicar que no es lo mismo un lenguaje que otro, y en el 'Facebook' utilizamos, de prisa al menos en mi caso, el idioma escrito, que no deja de ser una comunicación con menos cintura, mucho más rígida. Quizás por eso, emocionado porque me quedaba una admiradora entre la población malagueña, respondí con mucho cariño a su explicación de por qué quería incluirme en su lista de amigos. La mujer, periodista y aficionada al baloncesto, me ponía por las nubes, hasta el punto de que por un momento pensé que mi madre se había apuntado a esto de 'amigos por la cara', suceso realmente imposible. Me ha extrañado, aunque confesaba su timidez, que mi interlocutora no haya respondido a mi invitación de conocernos y agradecerle personalmente sus elogios. Quizás me pasé de efusivo y no está el mundo para fiarse de un 'amigo por la cara'.
* Aunque rompa con el lema, este artículo ha sido publicado en www.ymalaga.com
En la Red todo es virtual. Y en el escenario del teatro de Facebook figuro con la nada despreciable cifra de 348 amigos. Me incorporé hace unos meses intentando, a ratitos, enterarme de las verdaderas posibilidades de esa comunicación social. Rápidamente descubrí que podía alertar a mis 'amigos por la cara' de que pincharan en no se qué enlace porque se iban a encontrar el comentario mejor escrito del mundo o la información más llamativa de la historia. Te lo permiten unas cuantas veces, pero pronto, a poco que uno sea perspicaz, se da cuenta de que molesta. De mi grupo Basketconfidencial (por ciento, está abierto para que se apunte el que quiera) se borró uno detrás de un comunicado. Eso me alertó. La gente, en su burbuja apantallada, quiere que le dejen tranquilos. Hasta un mensaje que se elimina pinchando en un aspa disturba.
Más curioso me resultó comprobar cómo una de mis 'amigas' (las comillas son para no repetir lo del 'face') informaba de su vida cada media hora. "Ahora entro en una reunión". "Salgo de una reunión y me voy a otra"... "En casa, para comer y marcharme enseguida", "Un ratito disfrutando de tranquilidad...". Estábamos al minuto de sus acciones, aunque supongo que se reservaba las más íntimas. El caso es que llevaba tiempo intentando localizarla y, algo desesperado, le envié el siguiente SMS (quienes me conocen saben que no soy muy oportuno con este método, pero no escarmiento): "Sé a qué hora te reúnes, cuándo comes, en qué momento arreglas la casa... ¿pero cómo coño puedo hablar contigo". Corría el riesgo de que la amiga -ahora sin comillas, para que no se enfade si lee estas líneas- se lo tomara a mal. Pero me respondió con simpatía y me aseguró que me llamaba en un rato... No lo hizo. Es una mujer muy ocupada, y yo lo entiendo. Seguiré observando su nada emocionante cotidianeidad.
"Quien escribe como habla, aunque hable bien escribe mal". Viene esta máxima a indicar que no es lo mismo un lenguaje que otro, y en el 'Facebook' utilizamos, de prisa al menos en mi caso, el idioma escrito, que no deja de ser una comunicación con menos cintura, mucho más rígida. Quizás por eso, emocionado porque me quedaba una admiradora entre la población malagueña, respondí con mucho cariño a su explicación de por qué quería incluirme en su lista de amigos. La mujer, periodista y aficionada al baloncesto, me ponía por las nubes, hasta el punto de que por un momento pensé que mi madre se había apuntado a esto de 'amigos por la cara', suceso realmente imposible. Me ha extrañado, aunque confesaba su timidez, que mi interlocutora no haya respondido a mi invitación de conocernos y agradecerle personalmente sus elogios. Quizás me pasé de efusivo y no está el mundo para fiarse de un 'amigo por la cara'.
* Aunque rompa con el lema, este artículo ha sido publicado en www.ymalaga.com
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